Nada vale más que la persona

Manuel Ernesto González – San José

“El bautismo borra solo el pecado original? Y ¿Qué decir de los niños que nacen como fruto de una violación o de un incesto? ¿Se borra también ese pecado o deben ellos cargar con el pecado y los traumas del pecado de los que los engendraron? Además, ¿cómo obligar a una menor a dar a luz a un hijo concebido como consecuencia de una violación o un incesto? Espero que mis preguntas no le incomoden y gracias por su respuesta”.

- Estimado don Manuel Ernesto, sus preguntas no me molestan, más bien me estimulan a seguir estudiando y reflexionando para enunciar de manera correcta, y en las ocasiones que Providencia nos da, la doctrina cristiana.
Para “situar” bien su pregunta y la respuesta, hay que recordar que el único pecado que se transmite “generatione”, es decir por generación –afirma el Concilio de Trento– es el pecado original, y solo este es “borrado” por medio del Bautismo. Lo repetimos: sólo éste es borrado, porque sólo este es transmitido. El niño no nace con ningún otro pecado, aunque haya sido concebido “pecaminosamente”, por ejemplo por violación o incesto. No hay ninguna razón como no hay ningún texto de la S. Escritura que nos haga pensar que el niño nazca con los pecados de los padres. Y además, ¿por qué debería cargar precisamente con el pecado de violación o de incesto y no con los otros pecados?
Para comentar su segunda pregunta en que considera “injusto” obligar a una menor a dar a luz a un niño concebido en esas muy dolorosas circunstancias, hay que partir de la incuestionable convicción del valor absoluto de toda persona humana. Afirmamos que ella vale por sí misma, incondicionalmente: ninguna ley, ninguna circunstancia por importante que sea, ni le da valor al ser humano ni se lo quita. Nada vale más que la persona humana. De allí pensar que la dolorosa circunstancia de haber sido concebido “pecaminosamente”, le quita a la personita que se está formando en las entrañas maternas, el derecho fundamental a la vida, es simplemente absurdo. Afirmarlo equivaldría a decir que las circunstancias que acompañan la concepción del ser humano, valen más que la misma vida humana. Como lo afirmaba en su mensaje para el Día de la Paz (1 de enero del 2007) nuestro Papa Benedicto XVI, la persona humana no es una realidad “disponible”. Podemos disponer de las cosas, pero el ser humano no es una “cosa” que podamos comprar, usar y destruir a nuestro antojo, o por “reglas” que nosotros podamos establecer. Eso significa la expresión del Concilio Vaticano II: “el ser humano es el único ser que Dios ha querido por sí mismo”, es decir no en función de otras cosas o fines, como sería el decir que ha creado a los animales para que nos sirvan, para que nos alimenten… De allí que entre los seres humanos, lo que debe existir son las relaciones de acogida, de respeto, de amor, de diálogo… nunca de “uso”, y aun menos de destrucción a nuestro antojo.